Este lugar, causante de estrés, desconcierto, preocupaciones y constantes retrasos, siempre se encontraba tan activo. Estaba sentada, sola, esperando a que llegara la hora en la que debía presentarme en la sala B81, para abordar mi vuelo.
Miraba a mí alrededor. Mi cerebro "vagabundeaba" sin dirección, sólo observando los brillantes colores primarios de los locales de comida, ejemplos incuestionables del capitalismo desbordante de aquel país. ¿La globalización tiene olor? Me pregunté mientras los aromas combinados de café “descafeinado”, papas “a la francesa”, Tacos transnacionales, y demás tipos de comidas rápidas, se mezclaban asquerosamente sobre mí.
Después, mi mirada se centró en las personas frente a mí. Un pequeño niño, apenas tendría unos dos años, con rubia melena, tomaba de su biberón como si no se hubiese alimentado en semanas. Su madre, pagaba el nutritivo desayuno del día en McDonalds, mientras que con el otro brazo sostenía a una obesa bebe.
Una mujer, de tez blanca, con oscura y pelirroja cabellera, leía una novela. Su alargada cara, mostraba señales de edad, pero podía decirse que era una mujer aún joven. Una de sus manos pasaba constantemente por mechones de su pelo, recogiéndolo nerviosamente hacia atrás. Cada pocos minutos dirigía su mirada a su muñeca para observar ansiosamente la hora en el reloj. Esperaba a algo, a alguien. De momentos, su mirada se perdía observando vagamente el mural de niños felices que adornaba la pared de ese lugar.
Sentado justo debajo del mural había un hombre. De mediana edad, tenía el aspecto clásico de un hombre de negocios, pegado a su computadora personal, tecleando con todo el vigor del mundo. Sus lentes de lectura caían a la mitad de su nariz, su impecable traje oscuro, hacía un perfecto juego con su maletín de piel.
En la misma mesa, pero ignorado totalmente, estaba sentado un joven afroamericano. Comía apresurado y tímido, su grueso cuerpo apenas era soportado por la incómoda silla. Llevaba una gran mochila en la espalda, que al parecer era su único equipaje. Su físico lo hacía verse imponente y atemorizante. Engullía una enorme hamburguesa tan apasionadamente que ni se inmutó cuando el hombre de negocios cerró su computadora y salió a toda prisa.
Absorbió con el popote sonoramente el último trago de su refresco, y se levantó. Difícilmente pasó entre las mesas y llevando su bandeja llena, se dirigió al bote de basura. Al intentar pasar entre las dos que le impedían la llegada a su destino, se le cayó el vaso del refresco vacio sobre la bolsa de una mujer. El hombre que la acompañaba tomó molesto el vaso y se lo dio al joven, quien apenado lo tiro y salió de la zona de comidas.
La pareja sentada ahí no parecía muy feliz. El hombre, muy probablemente estadounidense, joven, de unos 28 años y con un aspecto promedio, estaba muy entretenido en su enorme plato de comida china como para darse cuenta del semblante de la mujer. Ella era muy bonita, rasgos hindús pero vestida como toda mujer occidental, también tendría la misma edad o menos. Sin tocar su comida, miraba hacia la ventana desde donde se podían observar los aviones llegando y partiendo cada pocos minutos. Su largo cabello oscuro, brillaba precioso, contrastando con la claridad pulcra de la pared, y combinando perfectamente con su piel morena y lisa. Su mirada perdida, sus ojos irritados, su semblante serio. Estaba sentada muy cerca del hombre, pero él al parecer no notaba nada, o no le importaba.
Y la verdad es que aquí a nadie le importa. Nos vemos, nos oímos, no nos conmovemos. Cientos de pies, cientos de espíritus, cruzándose diariamente entre pasaportes, horarios, y café; entre indiferencia, Starbucks y globalización. Y así será.
sábado, 4 de septiembre de 2010
El Limbo.
El frío helaba mis pies. Fue la primera sensación que tuve esa mañana. Molesta pensé que tal vez alguien había dejado la ventana abierta, pero el sueño y la flojera me ganaban, me impedían abrir los ojos y levantarme para cerrarla. Fruncía el ceño. Era ese momento de la mañana en el que deseabas regresar a ese hermoso sueño, rosa, cómodo, adorable, en el que todo era perfecto, pero aún así imposible. De todas formas, incluso sin abrir los ojos, el cerebro comenzaba a despertar, a regresar a la realidad. ¿Qué haré hoy? ¿Qué debí haber hecho ayer? Y de pronto un abismo. No recordaba nada, ni el momento en el que había decidido irme a dormir, ni el resto del día anterior.
Abrí los ojos. Me arrepentí. Aquel blanco resplandor inundó mis pupilas, y me obligó a volver a entrecerrar los ojos. Esa luz era tan resplandeciente que dolía mirar. Me levanté de inmediato.
¿Dónde estaba? ¿Cómo llegue aquí? ¿Qué sucedía? Miraba a mí alrededor, el blanco era todo.
El desconcierto, fue sucedido por el terror. ¿Cómo saldría? ¿Me estaba volviendo loca? ¿Estaba aún soñando? Trataba de recordar mis últimos momentos de conciencia, pero no lo conseguía.
Llamaba, al principio susurrando, después alzando la voz: Hola, ¿Hay alguien aquí? Nunca obtuve una respuesta.
Caminé, o tal vez no lo hice, en círculos, sin llegar a ningún lado. Probablemente no había otro lado.
El terror cambió a desesperación. Giraba la mirada en todas direcciones, buscando algo, sin saber qué. La voz se deshizo en gritos.
Tras minutos, horas, tal vez días, es difícil saberlo, continué mi intento frustrado de entender, de saber, de salir. Fatigada, desistí.
La desesperación se transformó en curiosidad. Tras el largo tiempo de angustia, parte de mi conciencia racional había vuelto. Comencé a pensar, a cuestionarme ¿Qué era este lugar? ¿Qué me había traído aquí? Sin llegar a una respuesta, decidí dejarme ir.
Cuando acepté la naturaleza imposible de descifrar de aquel lugar, comencé a percibir su belleza. Austero, limpio, puro, como pocos en el mundo real. Me deje llevar, logré perderme dentro de él. Dejé de saber quién era, dejé de cuestionarme, dejé de filosofar, sólo me entregué. Descubrí lugares de mi mente en los que había dejado de acceder por las banalidades constantes de la vida. Encontré el amor, un elemento perdido entre tantos difusos sentimientos. Encontré la paz, entre tantos conflictos internos y siniestros. Me encontré a mí, disipada en la rutina, el egoísmo y la vanidad.
Cerré los ojos, la luz aún traspasaba intensamente mis párpados. En algún momento dentro de la tranquilidad alcanzada, volví a dormir, o volví a despertar.
Abrí los ojos. Me arrepentí. Aquel blanco resplandor inundó mis pupilas, y me obligó a volver a entrecerrar los ojos. Esa luz era tan resplandeciente que dolía mirar. Me levanté de inmediato.
¿Dónde estaba? ¿Cómo llegue aquí? ¿Qué sucedía? Miraba a mí alrededor, el blanco era todo.
El desconcierto, fue sucedido por el terror. ¿Cómo saldría? ¿Me estaba volviendo loca? ¿Estaba aún soñando? Trataba de recordar mis últimos momentos de conciencia, pero no lo conseguía.
Llamaba, al principio susurrando, después alzando la voz: Hola, ¿Hay alguien aquí? Nunca obtuve una respuesta.
Caminé, o tal vez no lo hice, en círculos, sin llegar a ningún lado. Probablemente no había otro lado.
El terror cambió a desesperación. Giraba la mirada en todas direcciones, buscando algo, sin saber qué. La voz se deshizo en gritos.
Tras minutos, horas, tal vez días, es difícil saberlo, continué mi intento frustrado de entender, de saber, de salir. Fatigada, desistí.
La desesperación se transformó en curiosidad. Tras el largo tiempo de angustia, parte de mi conciencia racional había vuelto. Comencé a pensar, a cuestionarme ¿Qué era este lugar? ¿Qué me había traído aquí? Sin llegar a una respuesta, decidí dejarme ir.
Cuando acepté la naturaleza imposible de descifrar de aquel lugar, comencé a percibir su belleza. Austero, limpio, puro, como pocos en el mundo real. Me deje llevar, logré perderme dentro de él. Dejé de saber quién era, dejé de cuestionarme, dejé de filosofar, sólo me entregué. Descubrí lugares de mi mente en los que había dejado de acceder por las banalidades constantes de la vida. Encontré el amor, un elemento perdido entre tantos difusos sentimientos. Encontré la paz, entre tantos conflictos internos y siniestros. Me encontré a mí, disipada en la rutina, el egoísmo y la vanidad.
Cerré los ojos, la luz aún traspasaba intensamente mis párpados. En algún momento dentro de la tranquilidad alcanzada, volví a dormir, o volví a despertar.
Soy yo.
Ella había perdido su camino. Su destino jamás había sido fijado, y se encontraba rondando en espera de encontrar un atajo hacia la nada. De esta forma, ella vivió por mucho tiempo, continuando por un sendero en espera de una iluminación espontánea, sin una meta o un objetivo.
Un día, igual que aquellos otros, mientras caminaba por esa perpetua senda sin la expectativa de un cambio, algo sucedió. Comenzó a escuchar un diminuto murmullo. Intrigada, se intentó acercar a él, pero el momento en el que ella se aproximaba al origen, este se alejaba, lo cual le impedía comprender el significado de las palabras. Decidió ignorarlo, y continuar con su absurdo camino.
Sin embargo, el murmullo no cesó. Ella hizo como si nada sucediera por un rato, pero nuevamente la curiosidad de comprender esos sonidos fatigantes la hizo detenerse y preguntar “¿Quién es? ¿Qué dices? ¿Qué quieres?”. Sin embargo, como era de esperarse, ella no comprendió la respuesta. Fastidiada, nuevamente hizo como si nada sucediera y volvió a emprender su ruta.
El murmullo jamás cedió, y después de un rato ella comenzó a apreciar la belleza del sonido provocándole imágenes que relataban su origen. En un momento de gran curiosidad, nuevamente se detuvo y le preguntó “¿quién eres?”. Al no obtener respuesta, la intriga le hizo preguntarse si valdría la pena distraer un poco su camino para acercarse.
Tomó aire, y dio un paso fuera del sendero, cerrando los ojos volvió a intentarlo “¿quién eres?”. “Soy yo”.
Un día, igual que aquellos otros, mientras caminaba por esa perpetua senda sin la expectativa de un cambio, algo sucedió. Comenzó a escuchar un diminuto murmullo. Intrigada, se intentó acercar a él, pero el momento en el que ella se aproximaba al origen, este se alejaba, lo cual le impedía comprender el significado de las palabras. Decidió ignorarlo, y continuar con su absurdo camino.
Sin embargo, el murmullo no cesó. Ella hizo como si nada sucediera por un rato, pero nuevamente la curiosidad de comprender esos sonidos fatigantes la hizo detenerse y preguntar “¿Quién es? ¿Qué dices? ¿Qué quieres?”. Sin embargo, como era de esperarse, ella no comprendió la respuesta. Fastidiada, nuevamente hizo como si nada sucediera y volvió a emprender su ruta.
El murmullo jamás cedió, y después de un rato ella comenzó a apreciar la belleza del sonido provocándole imágenes que relataban su origen. En un momento de gran curiosidad, nuevamente se detuvo y le preguntó “¿quién eres?”. Al no obtener respuesta, la intriga le hizo preguntarse si valdría la pena distraer un poco su camino para acercarse.
Tomó aire, y dio un paso fuera del sendero, cerrando los ojos volvió a intentarlo “¿quién eres?”. “Soy yo”.
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Mi primera vez...
Me encontraba contemplando a la gente que transitaba a mí alrededor: feliz, estresada, caminando apresurada, socializando, conversando, aislados, y algunos otros, como yo, observaban y practicaban el ocio.
Estaba frente a aquel monumento que concentra el saber, aquél al que presumen invertir dos millones de pesos anuales de mi colegiatura. Permanecía pensando lo llena que estaba mi bandeja de pendientes, y agradeciendo la existencia de Anne Fouquet en el mundo [NOT].
Fue entonces que llegó, y me lo propuso. No hubiese sonado tan tentador sino hubiera estado buscando con anterioridad una forma de controlar el estrés, elemento que cada día se hacía más común en mi vida. Traté de hacerme la difícil, después de todo “No soy de esa clase de chicas”.
Mi moral, mis valores me lo impedían. “Eso no es para mí” le dije. Sin embargo, su constante invitación, hacía difícil resistirse.
“¿Qué más da?”… había sido seducida.
Cuando comencé fue un tanto frustrante, creí que las cosas no se darían como yo creía. Sin embargo, al continuar, se volvía más interesante, te invitaba a seguir y llegar a algo más profundo. Me sorprendió la fluidez en la que mi mente se aceleraba, llegando a lugares a donde extrañaba ir.
“Una vez más”, pedía. Y así es, lo volvería a hacer, tal vez no hoy, ni mañana, sin embargo, sería pronto.
Fue entonces cuando comprendí, que eso era justo lo que necesitaba, y jamás olvidaría esa sensación. Aquella ocasión que fuera la primera.
La primera vez que escribía mi propio Blog.
jajaja... Gracias por la invitación Marce! :) Creo que me haré adicta a esta cosa.
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