sábado, 4 de septiembre de 2010

Caminos

Este lugar, causante de estrés, desconcierto, preocupaciones y constantes retrasos, siempre se encontraba tan activo. Estaba sentada, sola, esperando a que llegara la hora en la que debía presentarme en la sala B81, para abordar mi vuelo.
Miraba a mí alrededor. Mi cerebro "vagabundeaba" sin dirección, sólo observando los brillantes colores primarios de los locales de comida, ejemplos incuestionables del capitalismo desbordante de aquel país. ¿La globalización tiene olor? Me pregunté mientras los aromas combinados de café “descafeinado”, papas “a la francesa”, Tacos transnacionales, y demás tipos de comidas rápidas, se mezclaban asquerosamente sobre mí.
Después, mi mirada se centró en las personas frente a mí. Un pequeño niño, apenas tendría unos dos años, con rubia melena, tomaba de su biberón como si no se hubiese alimentado en semanas. Su madre, pagaba el nutritivo desayuno del día en McDonalds, mientras que con el otro brazo sostenía a una obesa bebe.
Una mujer, de tez blanca, con oscura y pelirroja cabellera, leía una novela. Su alargada cara, mostraba señales de edad, pero podía decirse que era una mujer aún joven. Una de sus manos pasaba constantemente por mechones de su pelo, recogiéndolo nerviosamente hacia atrás. Cada pocos minutos dirigía su mirada a su muñeca para observar ansiosamente la hora en el reloj. Esperaba a algo, a alguien. De momentos, su mirada se perdía observando vagamente el mural de niños felices que adornaba la pared de ese lugar.
Sentado justo debajo del mural había un hombre. De mediana edad, tenía el aspecto clásico de un hombre de negocios, pegado a su computadora personal, tecleando con todo el vigor del mundo. Sus lentes de lectura caían a la mitad de su nariz, su impecable traje oscuro, hacía un perfecto juego con su maletín de piel.
En la misma mesa, pero ignorado totalmente, estaba sentado un joven afroamericano. Comía apresurado y tímido, su grueso cuerpo apenas era soportado por la incómoda silla. Llevaba una gran mochila en la espalda, que al parecer era su único equipaje. Su físico lo hacía verse imponente y atemorizante. Engullía una enorme hamburguesa tan apasionadamente que ni se inmutó cuando el hombre de negocios cerró su computadora y salió a toda prisa.
Absorbió con el popote sonoramente el último trago de su refresco, y se levantó. Difícilmente pasó entre las mesas y llevando su bandeja llena, se dirigió al bote de basura. Al intentar pasar entre las dos que le impedían la llegada a su destino, se le cayó el vaso del refresco vacio sobre la bolsa de una mujer. El hombre que la acompañaba tomó molesto el vaso y se lo dio al joven, quien apenado lo tiro y salió de la zona de comidas.
La pareja sentada ahí no parecía muy feliz. El hombre, muy probablemente estadounidense, joven, de unos 28 años y con un aspecto promedio, estaba muy entretenido en su enorme plato de comida china como para darse cuenta del semblante de la mujer. Ella era muy bonita, rasgos hindús pero vestida como toda mujer occidental, también tendría la misma edad o menos. Sin tocar su comida, miraba hacia la ventana desde donde se podían observar los aviones llegando y partiendo cada pocos minutos. Su largo cabello oscuro, brillaba precioso, contrastando con la claridad pulcra de la pared, y combinando perfectamente con su piel morena y lisa. Su mirada perdida, sus ojos irritados, su semblante serio. Estaba sentada muy cerca del hombre, pero él al parecer no notaba nada, o no le importaba.

Y la verdad es que aquí a nadie le importa. Nos vemos, nos oímos, no nos conmovemos. Cientos de pies, cientos de espíritus, cruzándose diariamente entre pasaportes, horarios, y café; entre indiferencia, Starbucks y globalización. Y así será.

No hay comentarios:

Publicar un comentario