sábado, 4 de septiembre de 2010

El Limbo.

El frío helaba mis pies. Fue la primera sensación que tuve esa mañana. Molesta pensé que tal vez alguien había dejado la ventana abierta, pero el sueño y la flojera me ganaban, me impedían abrir los ojos y levantarme para cerrarla. Fruncía el ceño. Era ese momento de la mañana en el que deseabas regresar a ese hermoso sueño, rosa, cómodo, adorable, en el que todo era perfecto, pero aún así imposible. De todas formas, incluso sin abrir los ojos, el cerebro comenzaba a despertar, a regresar a la realidad. ¿Qué haré hoy? ¿Qué debí haber hecho ayer? Y de pronto un abismo. No recordaba nada, ni el momento en el que había decidido irme a dormir, ni el resto del día anterior.
Abrí los ojos. Me arrepentí. Aquel blanco resplandor inundó mis pupilas, y me obligó a volver a entrecerrar los ojos. Esa luz era tan resplandeciente que dolía mirar. Me levanté de inmediato.
¿Dónde estaba? ¿Cómo llegue aquí? ¿Qué sucedía? Miraba a mí alrededor, el blanco era todo.
El desconcierto, fue sucedido por el terror. ¿Cómo saldría? ¿Me estaba volviendo loca? ¿Estaba aún soñando? Trataba de recordar mis últimos momentos de conciencia, pero no lo conseguía.
Llamaba, al principio susurrando, después alzando la voz: Hola, ¿Hay alguien aquí? Nunca obtuve una respuesta.
Caminé, o tal vez no lo hice, en círculos, sin llegar a ningún lado. Probablemente no había otro lado.
El terror cambió a desesperación. Giraba la mirada en todas direcciones, buscando algo, sin saber qué. La voz se deshizo en gritos.
Tras minutos, horas, tal vez días, es difícil saberlo, continué mi intento frustrado de entender, de saber, de salir. Fatigada, desistí.
La desesperación se transformó en curiosidad. Tras el largo tiempo de angustia, parte de mi conciencia racional había vuelto. Comencé a pensar, a cuestionarme ¿Qué era este lugar? ¿Qué me había traído aquí? Sin llegar a una respuesta, decidí dejarme ir.
Cuando acepté la naturaleza imposible de descifrar de aquel lugar, comencé a percibir su belleza. Austero, limpio, puro, como pocos en el mundo real. Me deje llevar, logré perderme dentro de él. Dejé de saber quién era, dejé de cuestionarme, dejé de filosofar, sólo me entregué. Descubrí lugares de mi mente en los que había dejado de acceder por las banalidades constantes de la vida. Encontré el amor, un elemento perdido entre tantos difusos sentimientos. Encontré la paz, entre tantos conflictos internos y siniestros. Me encontré a mí, disipada en la rutina, el egoísmo y la vanidad.
Cerré los ojos, la luz aún traspasaba intensamente mis párpados. En algún momento dentro de la tranquilidad alcanzada, volví a dormir, o volví a despertar.

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